Ser
mujer implicaÉ
PERDîN.
Reflexionando sobre esta palabra nos preguntamos: ÀCu‡ntas veces al
d’a pedimos perd—n? ÀCu‡ntas perdonamos? ÀNos perdonan con frecuencia? Y
nosotrasÉ Ànos sentimos perdonadas?... Es probable que nunca nos hayamos
detenido a pensar en ello, quiz‡ porque nuestras vidas van tan deprisa, que ni
siquiera deparamos en el perd—n como un acontecimiento imprescindible en la
vida, as’ como nos ocurre con tantas otras cosas que suceden en el cotidiano
vivir y que pasan ante nosotras como los fotogramas de una pel’cula.
El perd—n es algo que va acompa–ando al hombre desde los or’genes de
la humanidad. Si acudimos al relato b’blico, nos remontamos hasta la expulsi—n
del para’so. Desde el principioÉ castigados, y buscando el perd—n.
Si nos cuentan la historia de nuestro origen, en base a un castigo, es
normal que toda nuestra evoluci—n posterior, se desarrolle en base a ello. Es
como el ni–o que ha sido maltratado, desarrolla su vida en base a ese maltrato
y termina convirtiŽndose en un maltratador. Quiz‡ algo as’ nos haya pasado como
humanidad, que partiendo de ese castigo original, nos hemos desarrollado en
base a castigos, violencias, odios, rencores y un sinf’n de sentimientos y
actitudes que lo œnico que han hecho es ir gestando una humanidad que
mayoritariamente fue creciendo en el enga–o, la mentiraÉ en el tan conocido Òojo
por ojo diente por dienteÓ.
Dentro de todo esto, no hemos de olvidar que, la considerada culpable
de aquel primer castigo fue la mujer, como descendiente de Eva. Por tanto puede
sonar parad—jico decir que Òser mujer implica perd—nÓ, cuando Žste nunca se le
ha concedido a la mujer, pues aœn hoy en d’a -en el fondo- sigue siendo
considerada culpable.
Pero la cultura ha hecho tanta mella, que lleg— un momento en que nos
convencieron de que, realmente, Žramos culpables, y ya no necesitamos a nadie
que nos castigue, lo hacemos nosotras solas. Hemos aprendido a ser nuestro
propio verdugo culp‡ndonos de todo. Podr’a ser que, por ello, las mujeres
pedimos perd—n con much’sima m‡s frecuencia que los hombres. Ellos se
consideran culpables con menos frecuencia.
Este es el pasado que hemos vivido, pero no nos vamos a quedar
estancadas en Žl. Queremos mirar hacia el futuro, por eso decimos que ser mujer
implica perd—n. Y no es tan dif’cil darse cuenta de ello cuando vemos a una
madreÉ que es capaz de perdonar cualquier cosa que hagan sus hijos. Y si recordamos
las historias de madres de asesinos, de ladrones, maltratadores y gente que
habitualmente ser’a considerada culpableÉ, ellas a sus hijos se lo perdonan
todo.
Es como si el perd—n formara parte consustancial del amor
incondicional. Y si hay alguien que sabe de ese amor, es la madre. Quiz‡ por
eso las mujeres, las fŽminas, tengamos m‡s desarrollada la capacidad de perd—n.
Un perd—n que sale de lo m‡s profundo de nuestras entra–as: nuestros œteros;
que hayan tenido hijos o no, son maternales todos.
Un ejemplo de esto lo tenemos en çfrica, en un peque–o pa’s situado en
la Regi—n de los Grandes Lagos: Ruanda, que, tras el genocidio de 1994, la
poblaci—n qued— diezmada, y la mayor parte de los hombres hab’an desaparecido,
bien porque hab’an sido asesinados, o encarcelados o exiliados. Fueron las
mujeres las que tuvieron que sacar adelante el pa’s. Lo hicieron gracias a su
capacidad de perdonar. Se lo creyeron, y se atrevieron a actuar como mujeres, y
a considerar la reconciliaci—n como un asunto de Estado. Se atrevieron a ser
fŽminas, y a ser maternales gobernando. Ellas apostaron por el perd—n porque,
como buenas madres, sab’an que era la œnica opci—n de que la vida saliera
adelante. Hoy en d’a Ruanda es uno de los pa’ses m‡s seguros de çfrica, con la
participaci—n femenina en el Senado m‡s alta de todo el mundo.
çfrica nos sirve de muestra, pero el mejor ejemplo lo tenemos en
nuestras propias vidas, en nuestros hogares, en las mujeres que nos rodean...
En una familia habitual ÀquiŽn es el que suele poner los castigos? ÀY quien es
la que se queda para recoger los trocitos de aquellos que han sido rega–ados y castigados?
Si nos vamos al mundo laboral, all’ tambiŽn se pone en evidencia que
ser mujer implica perd—n, cuando vemos a las mujeres empresarias, que se preocupan
por sus empleados y sus respectivas vidas; los miran como a seres que tienen
familia, hijos, problemas, angustiasÉ y, en ese sentido, es m‡s f‡cil que surja
la actitud de perd—n y de condescendencia.
Ser mujer, indudablemente, implica perd—n. Y, desde inspiraci—n
femenina creemos que esa cualidad de saber disculpar, de buscar la
reconciliaci—n, de no castigar, es uno de los grandes aportes que puede hacer
la fŽmina a la humanidad del siglo XXI; una humanidad en profundo estado de
crisis a todos los niveles por falta de respuestas y de aportaciones
liberadoras.