Ser mujer implicaÉ

 

Implica y  supone FIDELIDAD. Es la expresi—n de la Fe.

 

Hace algunos a–os, el director de la Escuela Neijing escribi— un libro que lleva por t’tulo ÒS’Ó,  en el que dedica unas p‡ginas a la Fidelidad.

DespuŽs de su lectura una se pregunta ÀquŽ decir m‡s de la Fidelidad? No s—lo ya por el contenido, sino por la estŽtica y belleza de las palabras que en Žl quedaron escritas.  As’ que desde estas l’neas les animamos a que lo lean. Cuando cierren su curioso formato, tendr‡n la sensaci—n de haber estado en otro mundo. ÁY la verdad –que tal y como est‡ el nuestro-  se agradece salir de Žl por unos instantes!

Pero nos corresponde ahora hacer una reflexi—n sobre este tema, asunto nada f‡cil, por las connotaciones culturales que ha tenido la fidelidad, especialmente  referida a la mujer y sobre todo, porque la fidelidad ha ca’do en desuso.

Quiz‡s, ligada como est‡ a la esfera del sentimiento, la fidelidad es tremendamente fr‡gil. ÀCu‡nto dura la fidelidad a un amigo o amiga, a un proyecto, a una idea, a un trabajo, a la propia fe?

Delicado punto de equilibrio en el que todos nuestros sentimientos confluyen como la bailarina suspendida sobre sus zapatillasÉ Equilibrio que se pierde cuando surge algo que no se ajusta a la idea que nos hab’amos formado, que no cumple, sobre todo, las expectativas que nos hab’amos creado.

Aqu’ aparece la fe, como marea sobre la que se sustenta la barca de la fidelidad. ÁAy cuando las aguas se agitan por los aconteceres de la vida! ÁAy cuando las cosas no trascurren tal y como pens‡bamos! (ÀPens‡bamos o alguien pens— por nosotras?) El rechazo al objeto de nuestra fe se hace con el tim—n de nuestro navegar. Entonces nuestra fidelidad  se agita y parece que vamos a naufragar.

Si nos remontamos a la historia espiritual del ser de humanidad, vemos como fidelidad y fe estaban ligadas directamente con la divinidad. Luego surg’an otras fidelidades, pero todas estaban sometidas a la fidelidad hacia lo divino.

Con el paso de los tiempos y la posterior desvinculaci—n del hombre con la Fuerza, la fidelidad qued— supeditada exclusivamente al rango de las relaciones humanas; ese criterio de fe y de fidelidad, que gravitaba siempre para mantener esa conexi—n, esa frescura entre la divinidad y el hombre, al perderse, al desvanecerse,  encontr— su reducto en la  fuerza espiritual sensible[1] y encontr— su lugar m‡s expl’cito en las relaciones entre hombre y mujer. No podr’a ser de otro modo.

Lo curioso de esta situaci—n,  es que no fue un lazo bilateral, sino m‡s bien una exigencia del hombre hacia la mujer. Amparado en el marco de una moral, Žtica, costumbre que hac’a de la mujer la reproductora- portadora de un apellido, y por tanto aseguradora de un linaje, el hombre exigi— una fidelidad a la mujer como aval  de que la descendencia que ten’a era suya.  Adem‡s la fidelidad sexual de la mujer hacia el hombre, ratificaba el sentido de propiedad que Žste ejerc’a sobre la esposa.

Al quedar reducida la fidelidad  a las relaciones sexuales, deber’amos como mujeres plantearnos nuestras relaciones, revisar como nos situamos en la energ’a espiritual sensible o fuerza sexual, siendo como es una fuerza destinada a restablecer el v’nculo con la divinidad.  Est‡ en cada sentido, est‡ en cada intenci—n, est‡ en cada gesto, est‡ en nuestro hacer, en nuestras emociones, en nuestros sue–os, en nuestros anhelos.  Por tanto, no puede ser esclavizada, controlada, dominada por nadie.

Nos secuestraron nuestra sexualidad, que no es s—lo genital y reproductora, y por ello no hemos podido expandir nuestro amor a tantos y tantos aspectos de la vida que nos enamoran y nos abren el abanico de la fe  cre‡ndonos as’  fidelidades. Pero Àen quŽ fe iba  la mujer a depositar su fidelidad, sino  en el padre de sus hijos? La fe de la mujer ha sido la varilla de un abanico que permaneci— siempre firmemente cerrado por unas manos de pu–o firme. Hab’a que mantener la autoridad.

Las relaciones de la mujer son muchas m‡s que la mera relaci—n de pareja. Habl‡bamos de ello en nuestro libro ÒInspiraci—n FemeninaÓ, en lo que vinimos a llamar Òlos parejosÓ.

 

No es f‡cil aparcar tanta letra escrita, tanta costumbre a–adida, tanta fidelidad mal entendida. Pero la vivencia de la energ’a espiritual sensible, m‡s all‡ del concepto de mero placer y v’a de reproducci—n, puede ser una esperanza para recuperar la FIDELIDAD como v’nculo con la Fuerza, ampliando el espectro de nuestro sentido amoroso por la vida, ese que llevamos impl’cito por nuestra maternidad, y que hace de nosotras mujeres, barcas seguras que navegan por el ocŽano de amor de la existencia, expresi—n de la Fe que el Divino deposit— en nosotras.

ÁS’!

 

 



[1] TŽrmino acu–ado por la Escuela Neijing que hace referencia a la Sexualidad