Ser mujer implicaÉ.
BELLEZA.
En su libro ÒEl ProfetaÓ, Kahlil Gibran expresa con maestr’a un
sentido de la belleza. Nada mejor
para hablar de belleza que la poes’a.
Por eso, nos hemos atrevido a comenzar este articulo con sus palabras:
Y un poeta dijo:
H‡blanos de la Belleza.
Y Žl respondi—:
La Belleza ÀD—nde
buscarŽis la belleza y c—mo harŽis para encontrarla a menos que ella misma sea
vuestro camino y vuestro gu’a? ÀY c—mo hablarŽis de ella, a menos que ella
misma teja vuestro hablar?
El agraviado y el
injuriado dicen: "La belleza es gentil y buena. Camina entre nosotros como
una madre joven, casi avergonzada de su propia gloria."
Y el apasionado
dice: "No, la belleza es cosa de poder y temor. Como una tempestad sacude
la tierra bajo nuestros pies y el cielo sobre nosotros."
El cansado y rendido
dice: "La belleza est‡ hecha de blandos murmullos. Habl— en nuestro esp’ritu.
Su voz se rinde a nuestros silencios como una dŽbil luz que se estremece de
miedo a las sombras."
Pero el inquieto
dice: "La hemos o’do dar voces entre las monta–as. Y, con sus voces, se oy—
rodar de cascos y batir de alas y rugir de leones."
Durante la noche,
los serenos de la ciudad dicen: "La belleza vendr‡ del este, con el
alba."
Y, al mediod’a,
los trabajadores y los viajeros dicen: "La hemos visto inclinarse sobre la
tierra desde las ventanas del atardecer."
En el invierno,
dice el que se halla entre la nieve: "Vendr‡ con la primavera, saltando
sobre las colinas."
Y, en el calor
del verano, los cosechadores dicen: "La vimos danzando con las hojas de
oto–o y ten’a un torbellino de nieve en su pelo."
Todas estas cosas
habŽis dicho de la belleza. Pero, en verdad, hablasteis, no de ella, sino de
vuestras necesidades insatisfechas. Y la belleza no es una necesidad, sino un Žxtasis.
No es una
sedienta boca, ni una vac’a mano extendida. Sino, m‡s bien, un coraz—n ardiente
y un alma encantada.
No es la imagen que veis ni la canci—n
que o’s. Sino, m‡s bien, una imagen que veis cerrando los ojos y una canci—n
que o’s tap‡ndoos los o’dos.
No es la savia
que corre debajo de la rugosa corteza, ni el ala prendida a una garra. Sino, m‡s
bien, un jard’n eternamente en flor y una bandada de ‡ngeles en vuelo eternamente.
Pueblo de
Orfalese, la belleza es la vida, cuando la vida descubre su sagrado rostro.
Pero vosotros sois la vida y vosotros sois el velo.
La belleza es la
eternidad que se contempla a s’ misma en un espejo.
Pero vosotros
sois la eternidad y vosotros sois el espejo.
Kahlil Gibran
El poema de Gibran nos muestra c—mo la humanidad hizo la belleza a su
imagen y semejanza y la amold— a la medida de sus necesidades. Todos creyeron
saber quŽ era, y la miraron tras el cristal de sus propias lentes, hasta
terminar olvidando su verdadero origen e identidad. ÀA caso no ha ocurrido lo
mismo con la mujer? No por casualidad la imagen de la belleza siempre se
relaciona con una entidad femenina. PeroÉ Àc—mo fue posible que la belleza
quedara tan desvirtuada?
Quiz‡ la Belleza estaba antes de antesÉ antes incluso de que nada
hubiera. Segœn fueron llegando los seres, ninguno se apercibi— de ella. Cada
cual fue desarrollando su quehacer, mientras que ella adornaba cualquier acto. As’,
poco a poco, la belleza se diversific— en todo lo que se llam— VIVO.
Antes, justo antes de que surgiera el tiempo, ella -en silencio- dio
sentido a todo lo que exist’a, pues fue profundizando en todas las cosas. Y
aquellos que contaban el tiempo, no pudieron evitar sentir algo especial por
dentro. Fue as’ que poco a poco los relatos, los cuentos, los descriptores,
empezaron a hablar y, en el habla, ella empez—, t’midamente, a insinuarse.
Miles e incontables estilos y versiones se dieron de ella.
S’, en aquel remoto
comienzo de los tiempos, la belleza era una absoluta necesidad, y cada cual, a
su manera trataba de mostrarla, de ense–arla como un trofeo. Ah’ empez— –quiz‡s-
el drama de la belleza, cuando los trofeos se enmarcaron en vitrinas y
empezaron a ser propiedades. Cada uno ten’a su propio trofeo, su propio
criterioÉ. Y se fue perdiendo el aroma universal de aquella que hab’a dado sentido
a Todo.
Empezaron a dictarse normas, leyes, art’culos, permisividades y
prohibiciones. Ella dej— de ser
libre.
Con el correr de los tiempos se la releg— a una costumbre. Luego se la
degrad— aœn m‡s y se la convirti— en moda. Casi seguidamente pas— a convertirse
en: ÒLo que se llevaÓ. Desde su vitrina, la belleza, convertida en Òlo que se
llevaÓ, lloraba en silencio sin comprender c—mo la hab’an podido olvidar tan f‡cilmente.
Un d’a, los habitantes de aquel mundo, se empezaron a cuestionar su
existencia y su presencia. ÒÀPara quŽ hace falta? ÀQuŽ produce? ÀQuŽ
renta da?Ó. Alguien dijo tambiŽn:
ÒÁPrescindamos de ella!, lo importante es
la comodidad, el rendimiento, la producci—n. ÀPor quŽ tenemos que cargar con
ella? Eso era cosa de los antiguosÓ.
El cristal de aquella vitrina se empez— a llenar entonces de letreros
de ÒRebajasÓ y ÒLiquidaci—n por fin de temporadaÓ. En ese momento se escuch—,
entre quejas de dolor, la voz de la Belleza: ÒPero si soy la expresi—n de la madre de todas las cosasÉ ÀPor quŽ no
me reconocŽis?Ó
Esta historia, bien podr’a ser la historia de cualquier mujerÉ o de
todas las mujeres, o quiz‡ mejor de: La Mujer.
Ella, como representante de la belleza en la especie humana, tambiŽn fue
considerada un trofeo, un bot’n de guerra. Fue, en alguna medida, encarcelada
en vitrinas, en escaparates, en jaulas doradas donde todos la pod’an
contemplar. Fue convertida en moda, en Òlo que se llevaÓ, y en muchas otras
cosas... Y cuando todo ello empez— a ser inœtil y la sociedad dej— de
necesitarla tras el cristal, las mujeres se rebelaron contra la belleza,
pensando que as’, escapar’an de las vidrieras en las que hab’an sido colocadas.
Contentas y satisfechas, las mujeres –desprovistas de la
belleza- se lanzaron al mundo luchando por un ideal de libertad que no era
suyo; abrieron zanjas en sus sentimientos y levantaron trincheras que las
protegieran del entorno; cantaron y gritaron himnos que las ayudaran a
convencerse de que lo que estaban haciendo era correcto. Cargaron armas de indiferencia
y frialdad, para sentirse seguras ante el nuevo mundo que habitaban. En sus
ansias de libertad, rompieron todos los espejos, para que nunca m‡s las
encarcelaran tras una imagenÉ y, sin darse cuenta, las mujeres nunca m‡s se vieron
a s’ mismas.
Hasta que un d’aÉ la madre de todas las cosas –la belleza- desde
su exilio, comenz— a llorar con tanta intensidad por el olvido de las mujeres,
que del cielo comenz— a brotar una lluvia interminable. Llov’a a todas horas,
en todos los lugaresÉ un agua que no se dejaba secar con nada. Las mujeres, empapadas de aquella extra–a
lluvia, expresaban todo tipo de quejas por aquella inc—moda situaci—n.
En todas las calles, los caminos, los parquesÉ en todos los lugares
empezaron a aparecer charcos y charcos, tantos como mujeres hab’a en el mundo.
Cuando, por fin, aquella lluvia ces— –porque la belleza se hab’a quedado
sin l‡grimas- aquellos charcos quedaron en calma, como espejos vivientes. Las
mujeres, por primera vez desde que salieron de las vitrinas, se vieron
reflejadas en ellos. Y lo que vieron en el reflejo de aquellas aguasÉ era tan
carente de belleza, que fueron ellas las que comenzaron a llorar. Un llanto
silencioso, de l‡grimas ardientes.
De pronto, una de ellas exclamo desde lo m‡s profundo de sus entra–as:
ÒÁEs ella! Es la belleza! ÁEst‡ aqu’, en
estas extra–as aguas, en estos incomprensibles charcos! ÁHa venido a rescatarnos de tanto olvido!Ó
Las mujeres, se empezaron a mirar unas a otras, y de la misma forma que la luz t’midamente
inunda el d’a en la ma–ana, entre ellas empez— a nacer un germen de esperanza.
Otra de ellas, se empez— a desnudar y se meti— entera en uno de los
charcos mientras gritaba: ÒÁSolo tenemos
que ser quienes somos! ÁAutŽnticas! ÁEs lo que nos est‡ pidiendo la belleza!Ó
Las mujeres se preguntaban unas a otras: ÒÀSer quienes somos? ÀAutenticasÉ? Y eso, Àc—mo lo hacemos?Ó
Otra de ellas, la m‡s t’mida, se atrevi— decir: ÒÁQuitŽmonos de momento lo que no es nuestro; todas estas caretas que
nos han impuesto!Ó Y de la misma forma, se empez— a desnudar para meterse
en uno de los charcos.
Poco a poco, las dem‡s la
siguieron, y todas las mujeres se empezaron a quitar los harapos que las
ocultaban. Sus cuerpos desnudos jugaban y retozaban con aquellas extra–as aguasÉ
de vida, con aquellas extra–as
aguas deÉ belleza.
Fue as’, como las mujeres descubrieron que su c‡rcel no se encontraba solo
en las vitrinas de cristal o en los escaparates donde hab’an sido esclavizadas,
sino en sus propias mentes, en sus cuerpos y en sus corazones. Y que la
belleza, lejos de ser un elemento de esclavitud -como hasta entonces les hab’an
mostrado- es una v’a de liberaci—n para descubrir QUIENES SOMOS. Descubrieron,
que la belleza no estaba en una talla, ni en una pesta–a bien parada; que
tampoco estaba en un armario de moda ni en unas manos amaneradas. Estaba en la
autentica expresi—n de cada alma.
Discœlpennos, queridos lectores, si -por descuido-, hemos dejado volar
nuestra imaginaci—n y hemos permitido a las palabras de este articulo
desenvolverse en la fantas’a de un cuento. Sin duda, sent’amos que era la mejor
forma para hablar de la belleza.
