Hoy nos inspiramos en nuestro encuentro internacional anual: AMANTES (II)
|
||
Este segundo artículo con la inspiración de «Amantes», viene luego de la presentación de dicho encuentro en Tian como culminación del curso 2008-2009. Una experiencia fascinante, ya que implicó la rotación y reciclaje de personas, con el fin de que todos aquellos que no habían estado en Túnez ni en Quito, pudieran asistir a esta transmisión. Nuestra capacidad de amor reside en que nos sentimos amados. La consciencia de sentirnos amados empieza desde el momento en que nacemos, y quien primero nos lo permite es la madre. Ella es el primer ser de quien recibimos EL AFECTO MATERNAL. El cielo se vale de la madre para despertar en nosotros la necesidad de amar. Y ese amor es un tipo de amor muy especial, un amor absolutamente desinteresado, UN AMOR INCONDICIONAL. Da igual que el hijo sea bueno o sea un delincuente, quien siempre lo va a amar es la madre. Y es ella quien despierta el amor en el hijo, entre los abracitos, el acurruco, el amamantar, ahí empieza el ser a amar aquello que le rodea: empieza a amar a sus juguetes, a su cunita, a amar su musiquita… En cuanto el ser empieza a hacer cosas, empieza a amar. Cuando empieza a reconocer el mundo, empieza a amarlo, porque la madre lo ha inducido a ello. Si no existe esa madre, el ser no se desarrolla como un ser dador de amor. Luego, ese amor se va desarrollando hacia otras personas, y surgen las relaciones de amistad. La amistad es una forma de amor solidario, y tiene mucho que ver con la actividad del espíritu. Esa amistad no demandada, no pide y sabe estar cuando se le necesita. La amistad es de signo femenino; es una consecuencia de la maternidad, y es muy parecida al amor que la madre siente por el hijo. En ese desarrollo del amor, irrumpe la pareja humana. Y en ésta tiene mucha importancia ese primer núcleo de amor con la madre, sobre todo en el varón. Según nuestras investigaciones, la forma de amar del varón es diferente a la femenina. Y al respecto hemos observado que el varón siempre va a ser hijo, mientras que la mujer, deja de ser hija para convertirse en madre -tenga o no tenga hijos-. Según nuestro punto de vista, la reproducción celular de la mujer es distinta de la del hombre. Sus células madre se diferencian más que en el caso de las células madre de los varones. Y esa reproducción aumentada de las células madre conduce en la mujer a una especialización inmediata según las necesidades en los diferentes órganos, y lo que va a crear es un nuevo ser de la misma mujer. Es una diferencia, aparentemente imperceptible, que va a determinar mucho la forma de amar de cada uno. Como el hombre siempre es hijo, es fácil que su referencia de amor quede focalizada hacia la madre. Y en ese sentido, en sus relaciones afectivas y amorosas con otras mujeres busque, en definitiva, el amor de una madre y el comportamiento amoroso que tenía su madre con él. Esto ha sido y es motivo de eternos conflictos de pareja. Tal será la necesidad del hombre de encontrar en la mujer a una madre, y el rol que la mujer tiene de madre con el amante, que es conocida de todos la relación tensa que existe entre la suegra y la nuera. ¿Por qué se da esta tensión? Porque están rivalizando por el papel maternal con ese hombre.
Esta relación materno-filial entre los amantes, a la larga, sentimos que deteriora el amor, porque les va a impedir entrar en otra frecuencia, en otra dimensión, en la que el ser empieza a percibir que hay otra Fuerza mucho más grande que le ama. A partir de ese momento en el que toma consciencia de que es amado por otra Fuerza, su capacidad de amor se amplifica tanto para dar como para percibir. Antes, a lo mejor, no se percibía el amor que nos tienen las otras personas, pero a partir de esa amplificación de la consciencia de amor, sí. Se entra en otra dimensión del amor: el Amor Místico, en el que el ser integra la referencia Divina a todo lo que hace.
«Y el hombre despierta a esa nueva experiencia insólita ante multitud de acontecimientos, entre los de su misma especie, entre sus ideales, entre sus haceres. Se vuelve, se vuelve y se vuelve a enamorar, porque ese enamoramiento no tiene límites, no tiene parcelas, porque no admite la posesión. Y así, y así podría decir cada hombre cuando despierta a sentirse enamorado, podría decir: «me han enamorado». «Me han enamorado, pero El que me ha enamorado es tan Grande que en este otro Ser se ha mostrado: en esa mujer, en ese hombre, en ese ideal, en esa bandera, en ese ejército, en ese trabajo, en ese atardecer... No me he enamorado, me han enamorado, que es distinto. Y como El que me ha enamorado tiene una Bondad Infinita, y su Grandeza de Amor es tan insondable, se me ha mostrado en esos ojos profundos, en esa mirada candente, en esos labios insinuantes, o en esa voz, o en esa idea, o en ese ritmo, instantáneamente, emocionadamente, conmocionadamente. ¡Me han enamorado! Y no puedo pedir ni exigir que se enamoren de mí. Porque eso no surge del otro, surge de ÉL. ¡Me han enamorado y siento ese enamoramiento y lo veo a ÉL en el otro! Pero, ¿desde cuándo me han enamorado? ¿Me han enamorado aquella vez que yo me sentí enamorado, o ya me habían enamorado antes, de antes, de antes? Pero el hombre cogió el camino equivocado y en su sensación de enamorado, ante la Fuerza de esa tenue sensación, buscó el placer como signo de estar enamorado. Y se fue perdiendo entre ardores furtivos,
|
||