LA ESPERA |
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La oración siempre es un motivo trascendente, siempre nos da la oportunidad de recrearnos; es un espejo que nos refleja y cuestiona...; siempre nos recuerda nuestro origen, y nos lleva a identificarnos como esa humanidad femenina que somos. El cuento de la espera Siempre aposté a que Manolo cambiara; desde que me enamoré en la disco y nos abrazamos por primera vez. Era en verdad mi tipo. Solíamos andar calles y calles de la mano, sin tiempo. Nos encantaba caminar. Pasaron los meses que se hicieron años y, un día, nos casamos. Entonces, ya me senté a esperar. Éramos felices; mientras, yo seguía esperando que cambiara. En la casa nueva, la espera estaba fuera, en la flamante escalera de entrada a los apartamentos. A partir de las seis de la tarde, vivía esperando escuchar sus pasos saltar de tres en tres los escalones. Luego, la espera se apropió de la puerta. Era el sonido de la llave el que me hacía sonreír y latir más fuerte el corazón... La espera se disolvía con el abrazo y el beso apenas entraba y me llevaba entre susurros y caricias a la cama. Mientras tanto, tuve hijos, dejé de estudiar, y empecé a trabajar para ayudar un poco a Manolo con la economía y la educación de los niños. Cuando me quise acordar habían pasado años. Sin darme cuenta, la espera había pasado sutilmente al living donde teníamos la tele. Se había adueñado del pasillo, del dormitorio de los niños, de la cocina -donde había que esperarlo para cenar- y del baño -ya que hacíamos turnos para ducharnos-. Hacía mucho que había dejado de esperar que Manolo cambiara, cuando un día, se murió. Supe llorarlo, como debe ser… Y aunque empapé muchos pañuelos, más tarde también me reí… Me reí de mí misma al recordar todo lo que lo había querido cambiar. ¡Qué esfuerzo inútil! Después de todo, había sido un buen hombre, ¡qué más quería yo! ¿Todo? Mi vida se había reducido a esta casa... Eso era todo, además de poner la pensión al día, ir a cobrar y salir con alguna amiga de vez en vez. Después de algunos meses de vivir en soledad, una mañana me miré al espejo, y no me vi… En mi lugar vi otro rostro que no era el mío, la espera se había encarnado en mí, había usurpado mi ser. Esa impostora se veía llena de arrugas, me miraba con sus ojos nublados de anciana, y sonreía ante mi cara de espanto... No sé cómo no me desmayé, ni qué me llevó a hacer lo que hice. «Hoy es el único día de la Creación, mañana no lo sé...» «Hoy es el único día de la Creación, mañana no lo sé...» «Hoy es el único día de la Creación, mañana no lo sé...» Y así nos decía la oración de la espera: «Espera, y ya verás como todo, con el tiempo, se arregla»... Y tantas imágenes de mujeres esperando, que nos han puesto como modelo de referencia a mujeres y hombres... Mujeres que esperan recuperar el afecto perdido; mujeres que esperan que su hombre vuelva de la guerra; mujeres que esperan que su amante ya no les grite o que sea más expresivo, más cariñoso; mujeres que esperan la iniciativa que nunca llega... Mujeres que esperan de sus hijos… de sus nietos… Y en la espera, se dicen a sí mismas: paciencia... paciencia… Pero, vean lo que dice la oración acerca de la espera y la paciencia: Procuren no confundir la paciencia con la espera. No esperen nada. Vivan un Dios sin espera. Vivir en el instante culminante, sin la espera.
La vida no espera, vive.
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