CELOS-III |
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De la posesión hemos hablado en los artículos anteriores. Hay algunos aspectos importantes que queremos resaltar: El amor me hace sentir bien, no lo quiero perder, y eso me lleva a poseer ese objeto de amor. O también es normal que la madre, o la mujer, como custodia de sus hijos, los cuide con celo; pero, frecuentemente, pierde ese sentido de custodia y lo transforma en posesión: el celo también se convierte en celos. El amor posesivo y exigente, como núcleo central que hoy en día es algo «normal» para la vida y la supervivencia del amor, conduce, inexorablemente a tres aspectos que definitivamente acaban con el amor: la envidia, los celos y el miedo. La envidia siempre es de amor, no existe otro tipo de envidia. A veces se dice: «¡Ah!, tienes envidia de aquel hombre o de aquella mujer porque tiene una casa más bonita o tiene un vehículo más grande». En definitiva, ¿por qué esa envidia? Porque tú amas esa casa, porque tú amas ese vehículo. La envidia, como decía la canción a propósito de la vanidad, «es yuyo malo que envenena toda huella». Yuyo: es una hierba mala, que envenena toda huella, a propósito de la vanidad, pero nos puede valer exactamente igual a propósito de la envidia. En vez de contemplar esa escena de amor y hacerla mía…: «¡Ah!, qué bello, qué hermoso, ese hombre está como iluminado haciendo esa pintura, o tocando ese instrumento… o, mira esa pareja cómo sonríe». Cualquier motivo de vivir tiene su expresión enamorada. En ese instante, cuando el sujeto, por la raíz de la posesión y de la exigencia empieza: «me gustaría, yo querría tener...», ya está envidiando, ya se ha olvidado que tiene corazón; ya no es un templo, ya es como si el templo se hubiera dinamitado. Y de esa misma raíz de posesión exigente de la que salía la envidia, aparecen los celos. El preámbulo del miedo, esos temores infundados, esa posesión de sentir que, puesto que te amo, no puedo admitir que ninguna otra fuerza te pueda amar. Es el poseer tu corazón, es el querer apropiarme de todos los dones de amor que te pueden llegar. ¿Qué clase de amor es ese que exige celosamente llenar todos los huecos?, ¿qué clase de amor es ese que aspira a la totalidad?, ¿por qué no sabe ser humilde, sumiso...? Y saber, y saberse que, en la medida en que se es humilde y sumiso, tendrá su sitio seguro y eterno. Pero en la medida en que todo se quiere abarcar, en la medida en que todo se quiere controlar, celoso se vuelve y no permite que nada entre, porque él cree, ella cree que todo lo puede llenar. En ese momento, los celos dan paso al miedo, al miedo de que algún amor furtivo pueda llegar: que de repente de algo o de alguien o de alguna otra cosa, ese ser se pueda enamorar. Entonces, ese ser sí que ya está en la desesperación constante, ya puede empezar a cavar la fosa, porque la muerte está cerca. ¿Qué puedo hacer con mi cuerpo cuando en mi mente, mi corazón, en el silencio bullicioso de mis ideas, aparezca ese sentido posesivo, esa exigencia, esos celos, esa envidia, ese miedo? ¿Qué puedo hacer? Porque se puede quedar en palabras, pero ¿puede hacer algo mi cuerpo? Y de igual forma, cuando el amor se vuelve exigente, ¿qué es lo que tengo que hacer? Guardar silencio y mantener distancia. Sí, mi exigencia es como un aparato de música; porque exijo amorosamente que suene y que amplíe la voz, y me vuelvo exigente como él… Entonces, tendré que comprometer mi cuerpo. ¿Cómo lo comprometo? Me alejo de él, para que él no se sienta exigido por mí. Y guardaré silencio, para que mi palabra no comprometa a mi amor. Y lo haré disciplinadamente. Sí, hay que disciplinar al cuerpo porque el cuerpo está dispuesto, y en la medida en que mi cuerpo se disciplina, el amor florece y se hace fluido. También de la misma manera, cuando ese amor se vuelva celoso, ¿qué harás? ¿Qué harás cuando te vuelvas celoso? Y cuando el amor se vuelva, además de celoso, envidioso, entonces quitaré horas a mi sueño. Sí, horas al sueño. Porque cada cual sabe cuántas horas necesita para estar bien: «¡Ah!, yo necesito dormir, porque si no, al día siguiente estoy mal; pero estoy siendo envidioso con mi amor, así que hoy, dormiré menos, dormiré menos»… Y me lo diré yo, no hace falta que nadie me lo diga y me lo recuerde. «¿Cómo vas a arreglar ese problema de envidia? Ya sé cómo arreglarlo: voy a empezar a dormir menos». Y cuando me inunde el miedo, finalmente, si es que también está metido ahí, no me quedará más remedio que hacer oración, pero no una oración más o menos, no, me disciplinaré para hacer oración continuamente. ¿Y qué oración diré? Muy simple: «¡Señor ten piedad! ¡Señor, ten piedad!», y me lo repetiré machaconamente en mi cabeza, para que tenga piedad.
Y finalmente, ese sentido posesivo y exigente que dio lugar a esas tres ramas: envidia, celos y miedo, se irá diluyendo. Y tendré recursos en mí para hacer de ese amor, que tanto se ha deteriorado, una nueva semilla, un amor verdaderamente consagrado. La Fuerza sanadora del Amor,
Y en el rigor del amor,
¡Hasta el próximo mes!
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