Bitácora de vuelo para un Otoño |
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Las relaciones hombre-mujer siempre han sido conflictivas. Al menos hasta donde nos llega la memoria de especie, no tenemos noticias de que no hayan estado exentas de lo agrio, lo arduo, lo complejo. Esto en el mejor de los casos. En los peores, la violencia hace su aparición como si fuera el único lenguaje y el único modo de relacionarse. Necesitamos, como especie, un tiempo de cambio. La humanidad se ha movido en ciclos muy amplios en el tiempo y ha necesitado adaptarse. Ahora que las mujeres ya no somos cuidadoras del clan, ahora que no hay que sobrevivir a inclemencias ni a depredadores, debemos hacer un esfuerzo para funcionar de otra manera. Nos desesperamos y nos quejamos de que la pareja funciona mal, y tal vez ello se deba a que funcionamos como hace milenios, siendo que las condiciones de vida en el planeta han cambiado muchísimo. Los roles han cambiado, y no hemos tenido tiempo de asumirlos e incorporarlos biológicamente. Se ha agotado una forma de relación por los roles que ambos venían realizando, y al no plantearse una nueva relación, se corre el riesgo del deterioro, que es lo que estamos viviendo. Ahora que ya la supervivencia, al menos en una parte del mundo, está asegurada, lo que tenemos que afrontar es la evolución del espíritu. En vez de pensar que la pareja está en crisis, pensemos que estamos a las puertas de un salto evolutivo. Que parta una respuesta novedosa del hombre, como especie, es difícil porque él mismo ha creado esas condiciones. El hombre está, vive y se desarrolla en su propia cultura, la que él ha generado, y obtiene provecho de ello. La respuesta diferente puede venir de la mujer, porque la cultura en la que vive no es la suya, es una cultura con la que ella se ha encontrado. Las estructuras familiares, económicas y políticas vigentes no han emanado de ella como fruto de su personal experiencia del mundo. Como tampoco su forma de sentir, de expresar los sentimientos, ni su sensibilidad para vivir el arte. Proponemos unos aspectos que creemos que pueden ayudarnos a posicionarnos de otra manera en el mundo. Si logramos situarnos de otra manera, la relación con los varones y la forma de afrontar dicha relación, pensamos que puede cambiar de inmediato. Luego, necesitará de tiempo para madurar, pero se partirá de diferentes presupuestos. Creemos que la clave de un cambio pasa irremediablemente por la necesidad de que la mujer se posicione con firmeza en «su lugar». Ese lugar no es un esquema predeterminado, sino es más bien una actitud vitalista que tiene su fundamento en tener muy claros sus amores. Los conflictos con los hombres se diluyen así de una manera suave. Sin tener nada que aclarar. Mi posición ante cualquier aspecto de mi vida: emocional, sexual, laboral, es muy clara. No hay malos entendidos porque tengo muy claros mis amores. No hay dudas, no se concede margen a «tal vez», «a lo mejor», «es que yo creía que tú…» «disculpa pero es que a mí me parecía que…». La posición es tan clara como cuando el sol sale por la mañana. El amor en la vida de una mujer es todo y ¡más! No se queda reducido a su vivencia con una pareja. El hombre tiene cierta vocación de explorador y trata de ver por dónde va la mujer… Que nuestra posición sea tan clara que nadie tenga la menor duda de por dónde vamos, qué sentimos y qué queremos. Que nadie tenga que sacar los prismáticos y deducir por su cuenta. Indudablemente, los hombres se acercan de otra manera a una mujer cuando ven que la brújula que señala su norte, sur, este y oeste no es susceptible de fluctuaciones. El que se tenga clara la posición, lleva a establecer respeto hacia los otros, y por supuesto, hacia una misma. Otro aspecto fundamental: Saber qué quieres hacer. No hacer lo que tú piensas que ellos o el piensan y que tú piensas qué es lo que ellos piensan qué es lo que quieren que tú hagas. Es como un trabalenguas, pero es real como la vida misma. Que te guste lo que haces, es otro aspecto importante. Hay que desarrollar gusto por lo que se hace, porque en esa medida surge el enamoramiento por las cosas, que pueden ser muy diversas. En esa medida, los amores serán duraderos. Se va uno enamorando de la vida. Se van prendiendo luces. Correríamos el riesgo de volvernos ególatras si, sabiendo lo que se quiere y amándolo, no introdujéramos otro factor: Darse cuenta de que hay una parte de nosotros que no nos pertenece,pero que tampoco pertenece a otros. Pertenece a un proyecto de Creación que nos ubica en situaciones deseables y, a veces, no deseables, y a las que es necesario adaptarse como una opción más de evolución.
Ese saber estar y relacionarse adecuadamente con los hombres, requiere compartir con las otras mujeres. En la medida que las mujeres no nos unimos, la relación con los hombres no marcha bien. Para ello hay que dejar de competir. Las mujeres nos hacemos a nosotras mismas solas. El mundo está lleno de mujeres que tienen la regla como yo o ya no la tienen, se han enamorado, habrán llorado, se habrán equivocado. No es que se recurra al dicho: «mal de muchos, consuelo de todos», sino que el poder hablar con una mujer y ver que a ella le ha pasado lo mismo, nos muestra que la historia de una mujer es la historia de todas. Y ello nos da un estigma de seres que han pasado y sufrido las mismas situaciones -a pesar de la diversidad cultural, social o religiosa-, pero también nos da un carisma de especie que alberga, en ella misma, sus posibilidades de un desarrollo que aún no se ha producido. La experiencia de una mujer es valiosísima, porque lo que una mujer nos transmita desde su propia experiencia, lo aprendió en la vida siendo mujer -aunque no sepa leer ni escribir- y, solamente por eso, ya es válido para nuestro aprendizaje.
Aprender de la naturaleza es propio de lo femenino.
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