Las discípulas del Kristo

 
 

 

Hemos dejado pasar unas semanas del fallecimiento de Juan Pablo II -para él todos nuestros respetos-, por aquello de que nos bajara la adrenalina, y escribir este artículo lo más serenas posibles.

No obstante aún no hemos salido de nuestro asombro. Hay cosas que a pesar del paso del tiempo no se pasan, quizás porque obedecen a un reconcome de muchos siglos de evolución.

Nos llamaba mucho la atención el desplazamiento de miles de personas a Roma tan pronto se supo la noticia, entre los que se incluyó el presidente de los EEUU, que es protestante.

Y no podíamos por menos que pensar ¡qué maravilla, cómo ha evolucionado esta religión! porque cuando muere Quien es el origen de unas enseñanzas que tras ser manipuladas y mal interpretadas llegan a ser eso, «una religión», allí, como dicen en mi tierra, no había ni el gato. Y, curiosamente, durante los años de vida pública multitudes le seguían, a las que, por cierto, en ocasiones incluso había dado de comer, como en el relato del sermón de la montaña (Milagro de los panes y peces). ¡Cuánto estómago desagradecido!

Cabría decir: ¡si Jesús levantara la cabeza y viera esto! ¡Multitudes hay ahora cuando fallecen los que se llaman sus representantes en la tierra! Afortunadamente, no sólo levantó la cabeza, sino el cuerpo entero, para mostrarnos la resurrección. Eso parece ser que se les ha olvidado a sus representantes que, de nuevo, han hecho de la muerte el «leit motiv» de una religión, con toda su pompa y boato.

«Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Andáis muy equivocados» . Marcos 12. 26-27.

¿Y qué decir de la curia? Aunque quizás, mejor deberíamos decir curi-o, o sea, en masculino. No «la curia», sino «el curio», aunque sólo sea porque no hay ni una sola mujer.

Se nos antoja que si anduviera por aquí el Cristo, de nuevo les diría aquellas palabras que dirigió a su madre en las bodas de Caná: «¿qué tengo Yo que ver contigo?». Más que nada porque la vida del Cristo estuvo llena de mujeres:

Cuando las cosas van mal se toman medidas desesperadas, porque lo harían por ganar imagen, nunca por convencimiento.

Jesús no estableció ningún clero. Le seguían hombres y mujeres, a las que ni siquiera tiene que molestarse en llamar, y a las que da una enorme preponderancia.

¡Pues ya está! Quien se sienta discípulo de sus enseñanzas, no tiene que aspirar a nada, y menos a nada que venga de manos de quienes cualquier parecido que se les busque con el Maestro es purita casualidad. Y nos consta que ha habido y hay sacerdotes extraordinarios. Nada de lo que escribimos va dirigido a ellos.

¿Qué haríamos con el Vaticano?

Pues se nos ocurren muchas cosas. Una de ellas y lo sentimos por Bernini, sería hacer en su lugar un magnífico parque. Sería un buen pulmón para la contaminación de la vieja Roma, y un lugar de esparcimiento y recreo para los niños. «Se podría llamar parque Jesús de Belén».

Esto último, incluso sería un acto redentor a tanta pederastia clerical. A las puertas del parque podría haber el siguiente cartel: «Y el que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero el que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar». Mt. 18. 5-6.

 

 

 

 

 

 

A su madre se le aparece el Espíritu Santo, no a su padre. Y habló con ella, ¡y ella le entendió! a pesar de ser mujer.

Durante su vida pública «multitud de mujeres le seguían y servían con sus dones» .

Al pie de la cruz, en el Gólgota, no había discípulos todos habían huido, pero sí había mujeres.

Y quien descubre que ha resucitado es una mujer.

Sin contar con el trato muy especial que da a la mujer en sus milagros, como es el caso de la hemorroisa, la viuda a quien resucita el hijo, la mujer encorvada; el episodio de la mujer adultera a la que libera de ser lapidada; y por supuesto las enseñanzas a Marta y María, la Samaritana …

En fin, no queremos hacer un trabajo erudito de los evangelios, están ahí, sólo basta con leerlos para ver la presencia incuestionable que la mujer tiene en la vida de Jesús.

¿Por qué luego se nos hizo desaparecer del montaje religioso que se hace en torno a Él?

Manejos del varón, en los que no nos cabe la menor duda que mucho hubo de envidia hacia las discípulas de Jesús por parte de quienes dan lugar a un cuerpo de «doctrina» que poco o casi nada tiene que ver con el origen. Y somos benignas al decir que «poco» o «casi».

Por ejemplo, el tema de la pobreza de la que tanto habla el Maestro de Belén , y de la que da fiel testimonio, ¿qué tiene que ver con un estado que acuña su propia moneda?

No llegamos a comprenderlo, será porque somos mujeres, y la religión -e incluimos a todas-, es como el soberano, ¡cosa de hombres!

A lo mejor va a ser eso, que los hombres, que han «inventado» las religiones, se han sentido «soberanos», usurpando el papel del «SOBERANO».

Indudablemente, todo se gesta en una sociedad que se tomó muy a pecho eso de que la mujer fue creada después del hombre y que por tanto es ontológicamente inferior.

¿Y no será, como contaba el chiste, que viendo que le había salido tan defectuoso, ensayó algo mejor con la mujer? A nosotras el chiste nos gusta, no ya porque la idea nos parece buena y divertida, sino porque nos gusta el buen humor, del que tan escaso está la curia. Pero a nosotras, díscolas y casquibanas, y en nuestra ignorancia teologal, se nos antoja que si uno pudiera hablar un ratito con Dios, así cara a cara (¡oh, herejía!), no pasaría mucho tiempo sin que nos provocara una carcajada.

La mujer en el antiguo testamento estaba excluida del culto porque se la acusaba de inclinarse con facilidad a la idolatría. Indudablemente «el nuevo espíritu cristiano» no se enteró muy bien de que Jesús renueva el antiguo legado. Ellos mismos distinguieron entre antiguo y nuevo testamento, pero qué duda cabe que se quedaron atrapados en el antiguo, y que no se enteraron -y nunca mejor dicho- «de la misa, la media».

Jesús es un «rabí» en su cultura judía, y un rabí que hablaba con mujeres y dejaba que le siguiesen; ¡enseñándolas!, causaba estupor.

Curiosamente no se nos relata en ningún evangelio la vocación de las mujeres. Pero es que en el caso de ellas la forma de tratarlas Jesús, devolviéndolas su dignidad, es suficiente para que le sigan. A los varones sí tuvo que llamarles, y en imperativo decirles: «¡Deja todo y sígeme!» . Lo que las mujeres percibieron en Él fue más fuerte que ningún mandato. Lo que en los hombres fue una ¿vocación?, en las mujeres fue una devoción.

La interpretación que se ha hecho del «servicio» que las mujeres le prestaban es que le servían en las tareas domésticas, y esto ha sido parte del sustento de 2000 años de servidumbre de la mujer en los «hogares cristianos».

Pero la idea del «servicio» para el Cristo es otra: hace una inversión de la idea del servicio que se tenía en Grecia, en donde lo realizaban lógicamente los esclavos, y pasa a ser una actitud del discípulo. En el servir está atender a los enfermos, dar de comer, vestir, en definitiva la expresión del amor al prójimo, y ésa es la inspiración para pertenecer a su círculo de discípulos. Por tanto, si hablamos de servicio, hablamos de discípulo/discípula.

Él mismo se define como el «siervo»: «… de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir…» . Mt. 20,28

Y como discípulas, le seguirán hasta el último momento: «había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de Josét, y Salomé que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalén» . Mc 15,40-41. «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, mujer de Clopás y María Magdalena» . Jn. 18, 25.

No deja de llamar la atención que en unos momentos de sufrimiento y de riesgo, los hombres desaparecen, y sólo están presentes mujeres.

Pero el acontecimiento que más nos conmueve de la presencia de las mujeres en la vida de Jesús es en su resurrección.

Las mujeres sí se habían creído las palabras del Maestro en torno a ésta.

Marcos nos dice que pasado el sábado (shabat) las mujeres fueron al sepulcro para embalsamarle, al igual que Lucas. Esto es un error no ya narrativo sino cultural, pues en la tradición judía son los hombres quienes embalsaman a los hombres, y las mujeres las que lo hacen a las mujeres. Pequeño detalle, pero importantísimo a la hora de valorar los acontecimientos.

San Juan, sin embargo, nos relata algo más acorde con la cultura judía: son Nicodemo y José de Arimatea los que preparan el cuerpo de Jesús: « …con una mezcla de cien libras de mirra y aloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas, con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar» . Jn. 19. 39-40.

Por tanto, las mujeres que se dirigen al sepulcro la mañana del domingo, finalizado el shabat judío, no van a embalsamarle, ellas no piensan encontrar un cadáver. Acuden porque han creído al Maestro. ¡Que se asustaron, ¿a ver quién no?! En fin, ver que un cadáver no está donde lo has dejado, y encontrarle a Él resucitado y con un aspecto distinto, tanto que incluso les cuesta trabajo reconocerlo, no es para menos.

Jesús le dirá a María Magdalena que anuncie su resurrección: «vete donde los hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» . Jn. 20, 17.

Es a una mujer a quien Cristo confía que trasmita el que, en definitiva, es su mensaje trascendente: la resurrección. ¿No es esto ser discípula?

¿Por qué entonces cuando los apóstoles se reúnen para elegir al sustituto de Judas no piensan en una mujer?

«Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros... uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección» . Hch. 1. 21.

La misoginia cristiana, como vemos, viene ya desde los prolegómenos de lo que sería luego la religión más poderosa del planeta, pues son éstas, palabras de Pedro.

 

 

Indudablemente, todo este montaje se hizo sin contar para nada con las mujeres, a quienes tan amorosamente Jesús había dedicado tanta intención. Y para nada se cuenta con ellas hoy día. Véase las imágenes que precedieron al conclave, que pudimos ver hasta la saciedad. Hombres, sólo hombres. Por tanto nada realmente tiene que ver mujer alguna con dicho montaje, y por tanto nada hay que reivindicar. La mujer está fuera de esto.

 

 

Se lamentaban algunas entrevistadas por la elección de Ratzinger, temiendo que cierra las puertas para que las mujeres puedan incorporarse al sacerdocio.

Sería un tremendo error por parte de la mujer hoy en día aspirar a tal estatus. Si le concediesen esto a la mujer sería una concesión más de un Estado -¡no olvidemos que es un estado, en este caso oligárquico!- que da algo para congraciarse, para manifestar sus «bondades», pero siempre seguiría la mujer a la cola: sacerdote sí (¡porque no dirían sacerdotisa, eso suena a cultos paganos primitivos!), pero obispas y cardenales no, por ejemplo. O sacerdotes sí, pero solo para algunos sacramentos, etc. etc.

Y es bueno que se reflexione ahora en ello, en un momento en que la decadencia de la iglesia (Santa Madre Iglesia, para eso sí les vinimos bien) que es vertiginosa, puede llevar al «curio» a hacer cosas de este tipo. Cuando las cosas van mal se toman medidas desesperadas, porque lo harían por ganar imagen, nunca por convencimiento.

 

Jesús no estableció ningún clero. Le seguían hombres y mujeres, a las que ni siquiera tiene que molestarse en llamar, y a las que da una enorme preponderancia.

¡Pues ya está! Quien se sienta discípulo de sus enseñanzas, no tiene que aspirar a nada, y menos a nada que venga de manos de quienes cualquier parecido que se les busque con el Maestro es purita casualidad. Y nos consta que ha habido y hay sacerdotes extraordinarios. Nada de lo que escribimos va dirigido a ellos.

 

¿Qué haríamos con el Vaticano?

Pues se nos ocurren muchas cosas. Una de ellas y lo sentimos por Bernini, sería hacer en su lugar un magnífico parque. Sería un buen pulmón para la contaminación de la vieja Roma, y un lugar de esparcimiento y recreo para los niños. Se podría llamar «Parque Jesús de Belén».

 

Esto último, incluso sería un acto redentor a tanta pederastia clerical. A las puertas del parque podría haber el siguiente cartel:

«Y el que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero el que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar». Mt. 18. 5-6.