La Curiosidad |
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Nos parece una propuesta interesante para comenzar este año del «desvelo». Quizás una manera de desvelarnos por las cosas sea el indagar, consultar, averiguar. Además, nos parece una forma de evolucionar. A golpes de curiosidad es que la humanidad ha ido descubriendo.
Por su torpeza y arrogancia, estos descubrimientos muchas veces no le han servido como vehículo de evolución, pero hay que tener interés por lo que nos rodea. «Curiosamente» la curiosidad nunca ha sido bien vista en la mujer. Decir de una mujer que era curiosa, era tacharla de metijona, poco prudente, vulgar, incluso se consideraba que «curioseando» mostraba un cierto descuido hacia las cosas en las que debería realmente de prestar atención, como sus «labores». Realmente ha sido una forma de «apartheid» cultural, de ponerle barrotes, de limitarle el «mundo» en el que podía estar.
Indudablemente, las condiciones de la mujer van cambiando sólo ¡en ciertas partes del mundo. Pero esta condición de la mujer, como otras tantas, ha dejado mucho sedimento en ella y, aunque hoy día cierto acceso a la cultura le permita tener otro status, ha incorporado cierto grado de ignorancia hacia cosas muy cotidianas. Quizás sea una forma de reclamo, de llamar la atención del hombre, el mostrarse desvalida e incapaz de resolver ciertas cuestiones. Con demasiada frecuencia la mujer se hace la tonta y no se interesa por las cosas, entonces llega el hombre y la trata como tonta. Ejemplos: pequeños arreglos en casa, cosas del coche, que si el carburador, cambiar una rueda, el enchufe. Si queremos, reivindicar, realmente una mujer en su verdadera dimensión, tenemos que trabajarlo, no podemos esperar que el hombre nos lo dé todo hecho. Hay que preguntar lo que no se sabe. Si encima de ser inferior, nos hacemos las tontas y optamos porque nos hagan las cosas, de ahí no saldremos. -Sí, yo quiero mis derechos y mis cosas, pero yo no me intereso por nada. No quiero saber lo que es una cañería, no quiero saber lo que es una llave de paso, no quiero saber nada de lo que hay. Para eso están los machos. Eso sí, luego que me respeten mis derechos. Hay que recordar que tenemos aún -culturalmente hablando- una condición de esclava, y tenemos que buscárnoslas y ser capaces de estar preparadas. No tenemos que esperar a que fulanito o menganito nos lo resuelva. -Es que yo no sé lo que es una llave de paso. -Ah, ¿no sabes lo que es una llave de paso? ¿No sabes tampoco lo que es un fusible? -Tampoco. -Pues esas cosas hay que saberlas. A esas cosas hay que poner un poco de interés, porque si no ponemos interés, nunca vamos a saber qué es una mujer.
Hay que poner interés, por lo menos, en lo que nos toca vivir. El esclavo tiene que liberarse del amo; no puede esperar que el amo le eduque a liberarse. En el mundo en el que vivimos, el saber, para la mujer, es importantísimo. Y cuanto más sepa de todo un poco, mejor que mejor. Lo vemos por ejemplo cuando llevamos a arreglar el coche y el mecánico te trata siempre como una idiota ¿Por qué? Porque el 90% no sabe lo que es el carburador. Cuando el hombre se da cuenta que sabemos, por lo menos, nos trata de otra manera. De la otra forma, nos ven como la tonta a la que hay que arreglarle el asunto. Como cuando se nos pincha una rueda y decimos que nunca lo hemos hecho en la vida. -Pues algún día tendrá que ser el primer día. ¡Espabilar! Tú llevas un coche, ¿no? Pues si llevas un coche, tienes que saber cambiarle la rueda porque se te puede pinchar. Que luego viene un señor amable y nos ayuda: ¡estupendo! Pero tenemos que aprender a hacerlo; no podemos esperar a que un señor te saque las castañas del fuego. Porque si tú estás capacitada para llevar un coche, estás capacitada para cambiar la rueda. Quizás haga falta enseñarlo, pero es importante que una tenga la curiosidad. Para buscar su identidad, la mujer ha desarrollar la curiosidad por el mundo que le rodea. Yo tengo que preguntar, tengo que indagar cómo funciona un televisor, cómo funciona un ordenador… La curiosidad, la necesidad de aprender lo cotidiano nos parece que es importantísima. Y la mujer, como ha estado también tan oprimida, no la tiene. Y juega el rol de señorita fácil. Usted juegue el rol de señorita, pero no tiene por qué ser idiota. Además, se vuelve una inútil.
El hombre no gusta de esta independencia de la mujer y suele reclamar su territorio, aludiendo que hay cosas que la mujer no puede hacerlas. Eso es tener un arma de dominio de guante blanco porque nos la han vendido argumentando que hacer ciertas cosas no es de señoritas. La inutilidad nos hace dependientes y la dependencia es una forma de esclavitud, también, de guante blanco.
Si renunciamos al rol de imbécil, también lo imbécil se nos olvida. Hay que tener la alerta y ser realmente autosuficiente: «y o puedo pintar esta habitación y puedo hacerlo en cualquier momento». Y quien dice eso, dice cualquier otra cosa.
Con las labores del campo ocurre. Hay cosas que, evidentemente, requieren un esfuerzo especial y si hay que coger una espuerta muy cargada, a una mujer, cogerla, levantarla y meterla en el remolque le costará mucho trabajo, mientras que al hombre le resulta más fácil: pues eso que lo haga el hombre. Son cosas que son obvias. Pero el resto… ¿puede vendimiar la mujer o no? Sí, por su puesto ¿Qué hay de malo en vendimiar? ¿Es tan difícil, tan complicado?
Es importante también que la mujer se capacite . Estamos hablando de cosas sencillas: que el coche se ha parado, que se ha roto la rueda, que hay que echarle gasolina, que tengo que cambiar la rueda del coche, que tengo que pintar la casa etc.
Hay que poner unas cortinas, ¿qué no sé como ponerlas? Pues pregunto. Tardarás más que él, pero la primera vez. La segunda, tú pones las cortinas que quieras, cuando quieras y como quieras. ¿Por qué vas a tener que depender de ese señor? Ni de ese señor ni de nadie. No se trata de buscar independencias, sino de evitar esclavitudes.
La mujer, muchas veces, puede aducir su rol femenino, que es el propio rol que el hombre le ha mandado: «tú eres una inútil y no sabes poner unas cortinas, cariño. Aquí está tu Bobby que te las pone. Entonces tu Bobby te las pone». Y ¿cuál es la recompensa? Pues ya sabes, pórtate bien sexualmente. No hay otra recompensa, no existe otra recompensa. Me vuelvo inevitablemente una prostituta aunque no quiera, pero por mi propia incapacidad. Todavía está ese handicap.
Tenemos que tener una autonomía de verdad. Porque, en base a esa autonomía, también nos ganamos el respeto. -De mi casa quiero saber dónde está hasta la última llave. Me siento parte del asunto . A lo mejor no se hacer tal o cual cosa, pero sé cómo funciona y cómo va todo. Ese conocimiento de las cosas cotidianas nos da libertad e independencia, no en el papel sino en la realidad. Si además ampliamos esa curiosidad a aspectos más generales de nuestro entorno, de nuestro planeta, de nuestro universo, estaremos, lejos de erudiciones, zambulléndonos en el magma de magia que nos rodea, descubriendo lo infinito del acontecer y dando testimonio, como humanidad femenina, del asombro de ¡vivir!
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