El Complejo de Castración y el Cuerpo Calloso

 
 

 

Opiniones apócrifas de una mujer des-vergonzada.

 

Permítanme comenzar con un chiste, por aquello de la sonrisa: «Le dice Jaimito a una amiguita, enseñándole la colita:

-Chincha rabiña que tú no tienes una como ésta.

La niña se le queda mirando y le contesta, señalándose su pubis:

- No, pero con una como ésta, yo de ésas puedo tener las que quiera».

 

Feminista o no, el chiste nos ilustra lo que se ha definido como un «complejo femenino». En la mayoría de las ocasiones, esa definición la ha realizado el varón -todos los grandes psicólogos-sexólogos que han marcado las bases de la psiquiatro-psicología actual son varones-, la ha estudiado el varón, y la ha aplicado, asumido y aceptado la mujer.

 

Empieza a ser aburridor -palabra que me encanta porque no es que una se aburra de las cosas, sino que la aburren- el descubrir cosas que una siente porque le han dicho miles de veces que las debía de sentir; y desolador, cuando reconoce, en sí, cosas que no siente, que también le han dicho que debería sentirlas. En este caso es desolador, porque nadie le cree a una, claro. Si lo han dicho los psiquiatras, los sexólogos, los grandes sabios -insisto, todos varones- eso es así y tú lo sientes, pero no lo reconoces porque vas de «progre», de «estrecha», de «feminista».... todos esos apelativos que tan pronto se nos calzan en cuanto nos salimos un poco de lo establecido.

 

Vamos a repasar algunas que otras «cosillas» que son axiomas y que marcan, desgraciadamente, las relaciones entre las personas.

No pretendo convencer a nadie, sino exponer las conclusiones preliminares de mis arduas investigaciones sobre el tema, fundamentalmente en mí misma, puesto que soy mujer -creo que desde que nací o un poquito antes-, y el conocimiento de algunos elementos de mi misma especie (femenina). A pesar de no llamarme Freud o Wilhem Reich, o Master y Johnson, me apasiona investigar y descubrir. Son conclusiones «preliminares» porque pienso seguir investigando mucho tiempo más.

 

Creo que es evidente que la sociedad en la que vivimos es de carácter masculino. Es decir: Competitiva, poderosa, agresiva, racional, productiva. Éstas son características netamente masculinas, que definen más al varón. No vamos a discutir aquí si son «buenas o malas», no entramos en esas disquisiciones; son las necesarias y oportunas para progresar en la cultura tal y como la concebimos ahora. Estas características, aún estando en la mujer, son minoritarias. Es cierto que, haciendo un esfuerzo las puede desarrollar y entrar en el mundo moderno y competitivo de hoy, pero le cuesta más y siempre estará en inferioridad de condiciones.

 

Eso es así, por lo menos ahora. Pero ¿quién definió que eso fuera así?, ¿quién lo ha perpetuado?, ¿quién ha mantenido y desarrollado un modelo con los criterios masculinos, predominantemente, que en definitiva se reduce en un último recurso: El poder? ¿Quién ha sido -desde siempre- la encargada de cuidar la prole y, por tanto, de educarla y sentar así las bases de un comportamiento posterior?

Si hacemos un somero repaso de la historia, el movimiento que definió la estructuración familiar que conocemos actualmente no fue ni afectivo, ni religioso, sino meramente productivo y económico. Cuando la humanidad comenzó a hacerse sedentaria y agrícola, empezó a poseer tierras, precisó determinar los derechos sucesorios entre la prole. Fue así que se instauró la legalización de las uniones y se obligó a la mujer -puesto que el hombre no lo ha sido nunca- a ser «monógama». Así el linaje quedaba garantizado (sic).

Pero la «legalización» traía también un privilegio para la mujer «legal»: Ella quedaba sometida a su estirpe y a sus hijos, pero ocupaba una posición de privilegio frente a otras mujeres con las que pudiera relacionarse «su marido». Y esa idea, con papeles o sin papeles -puesto que ahora están de moda las «parejas de hecho», que no sabemos si hacen o no hacen o hacen cosas diferentes a las otras- sigue vigente en nuestros días. Hay pocas cosas tan dolorosas como oír a una mujer referirse a otra como: «la otra», «esa pelandrusca», «furcia», «fulana».... y lindezas parecidas. Y a decir verdad, todos estos apelativos se escuchan casi exclusivamente de boca de mujeres.

Esa opción de poder, de privilegio de menosprecio de otras mujeres se ha transmitido a lo largo de las generaciones a través de las mujeres. Y así la mujer siempre ha querido ser «la legal», a pesar de saber que en la mayoría de las ocasiones eso era sinónimo de desamor, de aburrimiento, de enfermedad. Pero era poder.

Ese criterio se ha ido diversificando en símbolos, y así lo fuerte, lo duro, lo rígido, lo inamovible, lo que arrasa, se admira. Pero, insisto, es un criterio masculino, asumido y perpetuado por lo femenino. No es un criterio femenino.

Así, en el tema que nos ocupa se ha supuesto que, como la mujer tiene sólo un vestigio de pene -el clítoris-, se siente castrada y admira y desea un pene grande. Ese mismo pene que hace, parece ser, que Si hacemos un somero repaso de la historia, el movimiento que definió la estructuración familiar que conocemos actualmente no fue ni afectivo ni religioso, sino meramente productivo y económico. Cuando la humanidad comenzó a hacerse sedentaria y agrícola, empezó a poseer tierras y precisó determinar los derechos sucesorios entre la prole. Fue así que se instauró la legalización de las uniones y se obligó a la mujer -puesto que el hombre no lo ha sido nunca- a ser «monógama». Así el linaje quedaba garantizado (sic).

Pero la «legalización» traía también un privilegio para la mujer «legal»: Ella quedaba sometida a su estirpe y a sus hijos, pero ocupaba una posición de privilegio frente a otras mujeres con las que pudiera relacionarse «su marido». Y esa idea, con papeles o sin papeles -puesto que ahora están de moda las «parejas de hecho», que no sabemos si hacen o no hacen o hacen cosas diferentes a las otras- sigue vigente en nuestros días. Hay pocas cosas tan dolorosas como oír a una mujer referirse a otra como: «La otra», «esa pelandrusca», «furcia», «fulana».... y lindezas parecidas. Y a decir verdad, todos estos apelativos se escuchan casi exclusivamente de boca de mujeres.

 

Esa opción de poder, de privilegio, de menosprecio de otras mujeres se ha transmitido a lo largo de las generaciones a través de las mujeres. Y así, la mujer siempre ha querido ser «la legal», a pesar de saber que en la mayoría de las ocasiones eso era sinónimo de desamor, de aburrimiento, de enfermedad. Pero era poder.

Ese criterio se ha ido diversificando en símbolos, y así lo fuerte, lo duro, lo rígido, lo inamovible, lo que arrasa, se admira. Pero, insisto, es un criterio masculino, asumido y perpetuado por lo femenino. No es un criterio femenino.

 

Así, en el tema que nos ocupa se ha supuesto que, como la mujer tiene sólo un vestigio de pene -el clítoris-, se siente castrada y admira y desea un pene grande. Ese mismo pene que hace, parece ser, que los varones compitan desde niños entre ellos, desde los más tiernos juegos infantiles, hasta la proyección en los negocios o los encuentros fortuitos con novias afines.

Y al igual que antes apuntaba que, desdichadamente, quien más denigra a la mujer, verbalmente, es la propia mujer; al que casi exclusivamente se le oye preocupado por el tamaño del pene es al varón. Entre chistes, chanzas y bromas, parece que anda siempre con el centímetro puesto. Y tanto le preocupa que es un arma tan cruel como infalible en manos de la mujer. Una sola mirada dirigida con un gesto de desprecio puede hundir en la más lúgubre de las miserias a la mayoría de los hombres -¿o no?-.

 

Y digo que no es un criterio femenino porque aunque la mujer pueda desarrollar los elementos -eminentemente- masculinos que hemos relatado antes, ella tiende a lo débil, a lo dúctil, a lo flexible, al juego frente a la carga del Séptimo de Caballería.

Por supuesto que, siguiendo los criterios del poder, quien logra poseer al más poderoso -y el varón cifra mucho su fuerza en sus genitales-, aunque sea un ratito y a oscuras, logra más alta posición. Y así la mujer ha ido asumiendo como propio un comportamiento que no le corresponde. Hoy es desalmante descubrir cómo muchas mujeres exigen algo que no va con su naturaleza.

 

Y si bien tiene todas esas potencialidades en sí misma, también es cierto que todas se tiñen y se ciñen cuando se enamora. Cuando ama, la mujer circunscribe todo su potencial a lo amado. Es decir, se amolda, se acopla, pero no pierde su identidad ni renuncia a otras posibilidades, sino que se talla en base a lo que ama.

Cuando una mujer descubre el amor -y ella lo vive como auténtico- es como si se dejara tallar de nuevo por la mano del amante. Por eso, no tiene medidas ni reglas ni comparaciones de ningún tipo. La capacidad de gozo de la mujer es directamente proporcional a su nivel de enamoramiento.

Moraleja para potentes, prepotentes e impotentes: Tengan enamoradas a sus amantes, que del resto ya se encargan ellas.

Claro, no creo que se lo haya puesto fácil porque enamorar a una mujer no lo es: Hoy es un paseo, pero mañana es una flor, pasado es una confidencia, al otro es una película de televisión con zapatillas y periódico, al otro es un desayuno en Marte....... Todo menos volver todos los días cansadísimos del trabajo y meterse en la cama.

 

Por lo tanto, si el tamaño, grosor y dureza no es algo que intrínsecamente preocupe a la mujer, ¿por qué va a añorar tener algo más grande de lo que ya tiene? Si además, bien utilizado por una hábil amante mano, puede resultar de lo más divertido.

 

Y una vez puesto en evidencia que el famoso «complejo de castración» femenino no es netamente femenino, nos hemos preguntado muchas veces por qué hay tanta fijación sexual en la especie masculina. Sin contar con las excepciones -que gracias al Cielo las hay-, para el varón la mujer es un objeto sexual: Objeto-cosa, sexual-coito.

Si contemplamos anatomofisiológicamente, varón y mujer tienen los órganos sexuales muy semejantes, a saber: El útero en la mujer se podría corresponder a la próstata en el hombre; los ovarios en la mujer, a los testículos; y el clítoris al pene, pero ¿y la vagina? ¿Dónde tiene la vagina el varón? ¡Ajá! Y con el perdón del Sr. Freud y colaboradores, ¿no será que es el varón el que tiene complejo de vagina y no la mujer de pene?

 

Y aquí viene mi apócrifa hipótesis: Siendo lo de arriba igual a lo de abajo, el cerebro es muy similar al bajo vientre, sólo que uno con circunvoluciones -hemisferios cerebrales- y otro liso -glúteos-. Por tanto ese «complejo» habría incidido en el cuerpo calloso -estructura altamente desconocida que pone en contacto ambos hemisferios cerebrales- y en el caso de los varones estaría hendido, es decir asemejaría a una vagina. Así se explicaría que todo pensamiento que se genera, habitualmente en el hemisferio derecho, al pasar a la realización hacia el izquierdo atravesaría el cuerpo calloso, siendo impresionado por una connotación sexual-genital.

No es que demuestre mi desvergonzada teoría, pero científicamente se ha descubierto que el cuerpo calloso del varón tiene muchas menos conexiones interneuronales que el de la mujer.

 

Y ya, como nota anecdótica, no me parece casual que la calvicie en la mayoría de los varones comience en ese recorrido, justo medial de la cabeza.

 

Alia (Ángeles J. Cuesta)